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UN MODELO LECTOR AFECTIVO

PRESENTACIÓN

¿Se puede enseñar poesía como se enseñan las tablas de multiplicar o el sonido de las letras del alfabeto? Si así lo creyéramos, cometeríamos un grave error como lo hicieron durante décadas algunos maestros que consideraron la poesía como una composición verbal dotada solamente de rima, métrica y un número cuantificable de figuras literarias.

Reducida a tales parámetros, el aprendizaje de la poesía fue evaluado a través de tareas en las que el estudiante demostraba su conocimiento identificando tipos de versos, estrofas, rimas; y figuras como metáforas, anáforas, metonimias, etc.

Esto también desencadenó, como tal vez ocurre actualmente, la solicitud por parte del maestro o maestra, de componer un poema de la noche a la mañana sin que le preceda un acercamiento lúdico y trascendente al fenómeno poético. Dicho acercamiento permitiría comprender al alumno que está ante un arte en el que se requiere una participación más íntima y existencial, conectada directamente con el mundo que lo circunda.

La memorización de extensos poemas con ocasión de las fiestas patrias o de la madre es otro de los grandes errores cometidos por nuestros maestros. Así, la memorización de textos insufribles dejaron en el alma de los estudiantes la impresión de que la poesía era un arte aburrido y sin sentido. Y no es que fortalecer la memoria sea malo, sino que, al utilizar el poema como instrumento de represión, se desvirtúa su naturaleza y lo convierte en tormento.

Si algo se puede decir de la poesía, y en general de las artes, es que debe producir gozo. Un gozo no equiparable con las alegrías cotidianas sino con una conmoción interior que nos hace sentir plenos, conectados con nosotros mismos y el mundo. ¿Podrían los métodos tradicionales de educación alcanzar tan altos objetivos? La experiencia en las aulas nos ha dicho que no.

Y es esta certeza la que hace que algunos docentes, como Amparo Andrade Loaiza, emprendan un camino distinto en el que prevalece el placer de leer y escuchar, el derecho que tiene cada uno de exteriorizar sus emociones, opinar con respeto o aventurarse en la creación sin el temor de ser descalificados. Todo esto sin la obligación apremiante de hacer las tareas o dar cuenta de lo aprendido, aunque, a decir verdad, siempre se da cuenta voluntariamente y con gozo.

La trasmutación del papel del docente en el aula es la clave del éxito. Amparo Andrade Loaiza se constituye en una presencia maternal más que una educadora policial. Madre y amiga a la vez, es la depositaria de los secretos y sentimientos más íntimos de sus alumnos; educadora comprensiva que además ve con claridad el contexto violento en el que están sus estudiantes y se empecina, a través de pequeños actos poéticos, a propiciar un futuro mejor.

En las siete cartas dirigidas a quienes participaron en su experiencia pedagógica en El Hobo y particularmente, a Andru, Amparo Andrade Loaiza da cuenta del mundo que le tocó vivir en el municipio de Hobo, la zozobra por las tomas guerrilleras, y otros hechos propios de un país en el que el conflicto político militar es el pan de cada día, y su acercamiento, precisamente, a los niños de primaria que habían sido trasladados a la sede principal de la Institución educativa para protegerlos de los violentos, con los cuales emprende un proyecto pedagógico de gran aliento llamado Martes de Poesía.

El éxito del proyecto se logra, como ya lo habíamos dicho, cambiando el papel del maestro en el aula, pero también cambiando el concepto de poesía y la metodología de la tarea y la amenaza. En la práctica, las estrategias utilizadas son simples y efectivas: una selección de poemas de calidad en consonancia con los gustos e intereses de los niños y el contexto social en el que están inmersos; la implementación de “el arte de provocación”, como lo llama Amparo Andrade, consistente en crear expectativas durante algunos días previos a la lectura y la constancia de hacer dicha actividad el mismo día a la misma hora; un dominio impecable en la lectura en voz alta; una pasión por la poesía que no solo se transmite verbalmente sino a través de gestos y comportamientos fraternales y de camaradería con sus estudiantes; un respeto profundo por sus opiniones y sus creaciones individuales, y un ala protectora que los cobija a todos sin exclusión de razas o género alguno.

Amparo Andrade Loíza encarna un modelo lector afectivo. Ya algunos autores han señalado que los modelos lectores que propician el hábito de la lectura son modelos amorosos, es decir, son personas en las que se confía y se recibe afecto y en las que el niño se ve identificado e identifica las actividades que hace esa persona como sinónimo de gozo y de bienestar. El modelo lector es replicado durante toda la vida por los estudiantes que estuvieron bajo su influjo. Y es símbolo entrañable de nuestro amor por los libros.

Que la lectura de estas cartas escritas por Amparo Andrade Loaiza los lleve a replicar este hermoso proyecto y a crear nuevas estrategias para que sus hijos y estudiantes no se aburran ni sientan terror ante la poesía. Antes bien, se acerquen confiados, como cuando uno se acerca a un ser amado, seguro que va a ser amado y protegido por siempre.

JÁDER RIVERA MONJE

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